497 Aniversario – Artículo 5

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Tepeaca de ayer, hoy y siempre-

 

Intercambio comercial entre el Puerto de Veracruz y la Ciudad
Novohispana de Tepeaca, Puebla

Por: José Francisco Jiménez Villa
Cronista de la ciudad de Tepeaca, Puebla (*)

 

Situada en el corazón del Estado de Puebla, se levanta hoy día una ciudad pujante y progresista con una larga e importante raíz histórica. Ya en el siglo XI de nuestra era grupos Tolteca-Chichimecas refundan la población que se conocerá como Tepeyacac Tlahiti Señorío que durante 350 años abarcaría casi el 70% de lo es actualmente el Es­tado de Puebla. Con la con­quista Tlatelolca en 1398 y la mexica en 1446, está región se convirtió en tribu­taría de los imperios circunlacustres del Valle de México. Siendo los mexicas quienes en 1486 ordenas se establezca el tianguis de Tepeaca. Famo­so desde entonces por ser un centro regional de abas­to y un regulador comercial de producción e intercam­bio, entre la zona centro del altiplano y el sur-sureste del país.


De tal forma que el tianguis de Tepeaca no sólo se convierte en el merca­do de acopio y abasto de productos regionales. Sino que ahora funge también como un calpixcalgo (cen­tro recolector de tributos), aduana, centro y sede “di­plomática”. -Recordemos, que los pochtecas, eran señores preparados para el comercio a gran escala-. Y parte de su labor era infor­mar a sus superiores de las “novedades” que en sus lar­gas caminatas se entera­ban. Siendo a la vez porta­dores de saludos y noticias de sus respectivos reinos. Por ello mismo el mercado de Tepeaca pasaría a ser de gran importancia en las re­laciones comerciales entre el Valle Central y la tierra caliente del Golfo. Ya que sojuzgado el señorío se garantizaba el dominio mexica en el corazón mismo del territorio mesoamericano. Así empezábamos a hablar de tributo e intercambio; co­mercio y trueque. Tal y como se siguió haciendo, y se hace hasta nuestros días. Este mercado de di­mensiones impresionantes es el que encontrarán los conquistadores españoles que arriban a Tepeyacac en Septiembre de 1520. El pro­pio Cortés en la “segunda Carta de Relación” le expli­ca al rey, que por la importancia de la población, el número de pobladores, su privilegiada posición geográfica y su importante mercado, él ha decidido fun­dar una ciudad de españo­les a las faldas del cerro en donde se ubica la po­blación indígena. A la que nombra “Segura de la Fron­tera”, con una traza a damero y una plaza mayor, abierta para trasladar a los comerciantes, ordenarlos y darle una nueva dimensión a la recién fundada pobla­ción y refundación españo­la de Tepeaca.
Por su importancia comercial y por los servi­cios que la población hizo a favor de la corona, en 1559 se le concede el títu­lo de Ciudad y Blasón de Armas. Desde 1544 fue asiento de un Corregidor y desde 1555 sede de un Al­calde Mayor.


Durante la Colonia y bajo la aparente tranquili­dad de la dominación es­pañola, se ocultaba una profunda pugna entre las autoridades civiles y ecle­siásticas por la administra­ción de los tributos, diez­mos y alcabalas reales que a los indígenas debía cobrárseles. De ahí que en Tepeaca- Segura de la Fron­tera se construya la primer Colecturía (Alhóndiga) del virreinato para recolecta el diezmo en especie para la sobrevivencia de la iglesia y el “quinto” de la corona.
El sistema de enco­miendas impuesto por los españoles dio como resul­tado que a finales del siglo XVI los reducidos dueños de tierras de labor y ante la necesidad empiecen a venderlas y con ello se crean las haciendas. De tal forma que en la región de Tepeaca a mediados del siglo XVII hay aproximada­mente entre 300 y 350 ran­chos y haciendas, siendo esta jurisdicción de Tepeaca el granero de maíz y trigo de toda la Nueva Es­paña. Tan importante era la producción agrícola de esta región que para enton­ces se constituía en la ca­becera decimal más impor­tante del obispado poblano.


Durante los años de 1700 a 1800 la población de la región se ve dismi­nuida por las constantes epidemias, por la desme­dida explotación de la mano de obra indígena, por el inicio de las crisis agrarias u el despojo de la tierra. No así la actividad comercial. La gente de la región continúa laborando arduamente en las hacien­das y dedicándose a la ac­tividad comercial y al inter­cambio de productos en el marco del tianguis. Agregándose ahora nuevas actividades artesanales y de producción comercial como la industria textil en lanas y algodón. Así la va­riedad de productos perece­deros comestibles y los de ropa, aunados al intercam­bio de productos que llega­ban a Veracruz^ desde Es­paña y los que llegaban a Acapulco vía la “nao” de China le van dando nuevas e interesantes dimensiones al mercado regional más im­portantes del país. El mer­cado Novohispano de Tepeaca.
La diversidad de mer­cancías así como la multi­plicidad de sectores produc­tivos constatan la enorme complejidad social y econó­mica que siempre ha rodea­do al mercado de Tepeaca. Sirva lo anterior para perca­tamos que desde la época prehispánica, el intercambio de productos en el tianguis, creo ur\ sistema complejo de organización, sobrevi­viendo usos y costumbres muy significativos que nos dan un claro testimonio de la eficiencia-funcional de di­cho sistema.
En ello se conjugan una serie de factores que los hacen indispensables para el mantenimiento de las actividades desarrolla­das no sólo en el “Hinterland”, sino en regiones que rebasan ese límite, entre tales factores -yo diría los principales-, están los his­tóricos, tradicionales, geográficos, sin contar la ne­cesidad que en ellos tienen los pequeños productores para subsistir.
Todo esto nos lleva a analizar de manera sucin­ta las relaciones que des­de la época prehispánica han mantenido Tepeaca y el área central del Golfo de México, y en esta oportuni­dad solamente resumir un siglo de intercambio comer­cial el XVIII entre el Puerto de Veracruz y la región de Tepeaca.
Como es natural el Puerto de Veracruz el más importante de México-des-de siempre. Jugará un pa­pel preponderante en el in­tercambio de productos para con el Altiplano Cen­tral. Los llegados de Castilla y los propiamente regiona­les. Sobre todo su evalua­mos que durante casi todo el siglo XVIII, motivo de nuestro se da una entrada masiva de mercancías de Europa, que coyunturalmente regularan parte de la economía Novohispana.
Los flujos mercanti­les que genera el puerto de Veracruz hacia el mercado de Tepeaca los vamos a tener registrados a través de los libros-reales de alcabalas, Libros del Vien­to, Libros del Tianguis y Li­bros de Carnes. Que exis­tieron para control de pagos en la Receptoría de Tepeaca y que celosamen­te se guardan en dos gran­des repositorios, El Archi­vo Histórico Municipal de Tepeaca y el Archivo Gene­ral de Notarías del Estado de Puebla.


De esta manera, de Veracruz se introduce direc­tamente a la Alcaldía Ma­yor de Tepeaca tres produc­tos importantes de impor­tación que serán: aguar­dientes, vinos y textiles; y de la atierra y solar veracruzano: Azúcar y sus derivados, frutas, algodón, pescado seco y fresco y un buen porcentaje de anima­les como cerdos, borregos y gallinas.
Las transacciones desde, luego, se realizan entre comerciantes caci­ques y grandes hacenda­dos. Aunque otra parte del comercio entre ambas re­giones se da por el dominio claramente distinguido de medianos mercaderes mes­tizos, ligados a la zona de tierra caliente.
De Tepeaca, lleva­ban lanas, cacahuete, ver­duras, hortalizas, sal de la llamada de indios, chiles, pulque, carnes macizas, manteca, cebo, jabones, jarcia, cueros, mucho maíz y trigo, mucho trigo.
De esta manera po­demos observar cómo que­dan registrados comercian­tes de la Intendencia de Veracruz que comercian con Tepeaca. Principalmen­te los acaudalados comer­ciantes acaparadores del puerto; pero, también los de Tuxtepec, Orizaba, Cór­doba, Alvarado, Cosamaloapan, Tlaliscoyan, Jalapa, Medellin, Tlacotalpan y Coatzacoalcos.
De ahí la importan­cia del intercambio comer­cial que desde siempre se ha generado en Tepeaca. Pues un comerciante veracruzano podía y pue­de comprar en Tepeaca una acémila que procede de Durango, o un toro que viene de Petlalcingo, Morelos; o una silla de montar de San Francisco del Rincón, Guanajuato; o unas fresas del bajío. Y un comercian­te de San Juan del Río Querétaro podía y puede comprar pescado fresco, piñas o plátanos y enviarlos aún más allá, quizás hasta Zacatecas y Durango.
El intercambio de productos se da y se daba a gran escala, haciendo con ello un crecimiento de la economía entre ambas regiones geográficas, que se reflejaban en el creci­miento de las dos ciuda­des puntuales de este in­tercambio comercial: Tepeaca y el puerto de Veracruz.
Esto nos da clara muestra que el proceso de crecimiento del puerto de Veracruz como núcleo in­dependiente de comercialización de pro­ductos importados había llegado a fines del siglo XVIII a un punto bastante alto, aún antes de la crea­ción del consulado. Por supuesto, no debemos ol­vidar que la entera región de Veracruz ya hacía más de medio siglo que había entrado en un franco pro­ceso de crecimiento, apo­yada en una agricultura en pujante desarrollo, como demuestra claramente el incremento de la masa decimal veracruzana en relación a los diezmos del obispado poblano. La evo­lución de las alcabalas de la administración foránea de Veracruz es también un elocuente testimonio de este hecho. Asimismo es interesante comentar como al darse este intercambio comercial con Tepeaca, los mercaderes de la ciudad de México que anteriormente controlaban el comercio, van pasando a tercer plano ya segundo los mercaderes de la no menos importante ciudad de Puebla.
El circuito mercantil entre el puerto y Tepeaca va a constituir una importante fuente de ingresos que se ve reflejada a nivel regional en ambas poblaciones.
Sería largo .citar aquí y por obviedad de espacio todas y cada una de las mercancías y porcentajes de ellas que se comerciali­zan entre Tepeaca y Veracruz. Gracias a los li­bros citados anteriormente. Sin embargo es menester citar a algunos de los co­merciantes de Tepeaca y el puerto de esa época que po­seían casas en ambas ciu­dades y donde almacena­ban los productos que más tarde comercializarían en un punto y en otro.
A saber don Francis­co Urbano Jácome, impor­tante introductor de harinas y jabones. Calixto Acevedo, quienes comercializaban al­godones, lanas, vinos y aguardiente. Juan de Loizaga, que vendía azúcar de Veracruz y producía manteca, cebos, trigo y harina desde Tepeaca para casi todo el Golfo Central.
Antonio Gutiérrez, fuerte in­troductor de harinas al puer­to. Pedro de la Rosa comer­ciante en pescado y arroz. Francisco de Sosa, Francis­co Antonio de la Llave y Manuel Acevedo ricos co­merciantes que, vendían prácticamente todo desde ultramarinos hasta maíz. Por otra parte Dionisio An­tonio Barrientos, Cayetano Oropeza y Miguel Serrano son los principales monopolizadores de la compra-ven­ta de harinas y aguardien­te.
De esta forma duran­te casi todo el siglo XVIII del puerto de Veracruz se remitieron mercancías que alcanzaron el 40% de los pagos de alcabalas en la re­ceptora de Tepeaca. Pesca­dos de diversos tipos, ba­rriles de aguardientes, sal de mar, azúcar, panela, piloncillo, arroz, y cacao fueron productos va­rios que aparecen en los li­bros de registro y guías co­merciales. Mientras que las mercancías de Tepeaca al­canzaron el 37% de los im­puestos en la receptoría de Veracruz con productos como: Trigo, maíz, sombre­ros, manteca, jabones, hor­talizas, pero sobre todo la harina.
Sin embargo, ya en­trado el siglo XIX y como resumen de esta excelente relación comercial del pasa­do de nuestros pueblos, y con el inicio de la guerra in­surgente vendrían a men­guar problemas en ese cir­cuito mercantil que como veremos fue una realidad, tal y como lo dice el infor­me presentado por la Administración General de Ren­tas de Veracruz a inicios de la década de 1830: “No so­mos lo que fuimos: nues­tro efecto de exportación abatidos en el mercado no alcanzan en sí y no proporcionan ni la suma que necesitamos para importar los principa­les renglones que hacen nuestra subsistencia. La harina, jabón, sebo y teji­dos de algodón que extrae­mos de Tepeaca y Puebla, valen más que el tabaco, purga, vainilla, zarza y al­gún otro efecto cuyos va­lores presentamos en cam­bio”.


En síntesis, la vita­lidad que había tenido el circuito mercantil alimenta­do por la producción cerealera local y orientado hacia el área veracruzana había sufrido algunos cambios. De igual forma el nue­vo y decidido crecimiento de los comerciantes de Jalapa y Perote habían he­cho que las relaciones co­merciales entre Tepeaca y Veracruz se fueran deteriorando. Ahora ellos y no los comerciantes de Orizaba y Córdoba, empezaban a po­ner las reglas del comercio que ya se generaba en Puebla capital y su impor­tante industria textil, harinera y de vidrio.
De esa manera nue­vos circuitos comerciales empezaron a florecer, pero ayer como hoy podemos encontrar aún productos y mercancías de ambas re­giones en nuestros respec­tivos mercados. Camiones y transportistas varados en nuestras calles. Comer­ciantes deambular por nuestras ciudades. Y aún más ver como se entrela­zan nuestras “patrias chi­cas” en letreros luminosos: En Tepeaca: “Pescadería Veracruz” y en el puerto: “Ónix y mármoles de Tepeaca”. Por ello ambas ciudades Veracruz y Tepeaca son y seguirán siendo de Ayer de Hoy y de Siempre.

(*) reflexionestepeaca@hotmail.com
www.cronistadetepeaca.com.mx

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